
Hacia finales de la década del 20, Alfredo Guttero se convirtió en uno de los referentes claves en el campo artístico local, destacándose por una actitud activa con la intención de alentar y promover espacios alternativos con respecto al Salón Nacional de Bellas Artes. Dirigió la sala de la Asociación Wagneriana, impulsó proyectos culturales para la ciudad, fue cofundador de los Cursos Libres de Arte Plástico y creador del Nuevo Salón, en oposición al iniciado en 1911. Sin embargo, a pesar de su opinión acerca de una política de presencia y de presentación de obras a todos los certámenes con el objetivo de documentar los frecuentes de rechazos injustificados, fue distinguido con el Primer Premio del Salón Nacional de Bellas Artes de 1929.
Alfredo Guttero nació en Buenos Aires en 1882 y murió en la misma ciudad en 1932. En 1904, la Comisión Nacional de Bellas Artes le otorgó una beca para viajar a Paris. Estudió y trabajó en los talleres de Arte Sacro y en la decoración de iglesias junto a Maurice Denis, integrante del grupo Nabís y de esta manera comenzó a tener contacto con la iconografía religiosa, la pintura decorativa y la técnica mural.
Junto con otros artistas, estuvo ligado a una recuperación del orden compositivo, del equilibrio, de la representación figurativa, aunque sin renunciar a las conquistas logradas por las vanguardias históricas. Este “retorno al orden” significa además para Guttero, una vuelta a la singularidad en el quehacer técnico con la elaboración personal de un procedimiento vinculado con la pintura al fresco.
Su producción artística abarca pinturas, dibujos, acuarelas, témperas, carbonillas, tintas, lápices de cera y obras elaboradas con una técnica a la que llamó “yeso cocido”. Al mismo tiempo, se expresó sobre diversos temas y motivos como retratos, desnudos, paisajes industriales, composiciones alegóricas; algunos forman parte de series temáticas como por ejemplo la obra elegida en esta oportunidad: Pietà, perteneciente a la serie de obras religiosas.
La Piedad, la representación de la Virgen María sosteniendo el cuerpo de Cristo en sus brazos, es un tema recurrente en la historia del arte y en este caso es interesante el gesto tierno de la madre acariciando a su hijo. Ambas figuras conforman una composición triangular y los dos ángeles terminan de completar la escena. Éstos últimos, a pesar de poseer tonalidades y un tratamiento plástico diferente al Cristo y al de la Virgen, logran de este modo adquirir en etéreo aspecto. Las figuras son definidas a partir de volúmenes; son resueltas de manera sintética y ciertas deformaciones expresivas como el rostro y el cuello de Cristo, podrían relacionarse con el trabajo de los Nabís. Además, se puede notar una influencia de este grupo en cuanto a lo decorativo y a la capacidad de revelar y sugerir con la mayor economía de medios.
La técnica del yeso cocido no permite detalles y de esta manera la obra alcanza un carácter despojado y monumental. La yuxtaposición de los planos de color crea líneas que forman los contornos de los distintos elementos de la composición. La utilización de la espátula para aplicar esta preparación, da por resultado una superficie texturada y rugosa y al igual que los maestros del Renacimiento, el acabado muchas veces era realizado con pincel.
Pietà, 1932
Yeso cocido sobre cartón
125,5 x 171 cm
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Técnica de Yeso Cocido
Consiste en una mezcla de pasta de yeso con carbonato de calcio (polvo de carbono con agregado de calcio) que le otorga más dureza y blancura al yeso, asemejándolo al estuco. Se utiliza agua y aceite de lino como ligamentos y en algunas oportunidades también cola y arena. Se dibuja con carbón seco o graso, pastel, tinta o acuarela. Luego se agrega el color seco en pigmento a la capa de preparación del soporte o imprimación.
Guttero en el Museo Nacional de Bellas Artes