Sívori




Carlos Gómez Centurión. Cordilleras

Por Silvia Marrube. Lic. en Historia del Arte, UBA / Museo Eduardo Sívori, Área Investigación y Archivo de Arte Argentino y Latinoamericano.

Gómez Centurión nació en la provincia de San Juan y este dato no es menor al momento de interpretar su obra, ya que su paisaje natal, el andino, se va a constituir en un tema determinante en su producción plástica. En el clásico ensayo de Rafael Argullol sobre el paisaje romántico, éste es concebido por el autor, como la representación de una determinada comprensión y aprehensión de la naturaleza. Ésta es interpretada y expresada por el pintor romántico como un espacio omnicomprensivo, profundo, esencial, con valor cósmico y civilizatorio.1 Esta concepción de la naturaleza opera bajo la superficie de los cuadros de Centurión, es la armonía latente que estructura las diferentes etapas transitadas por su pintura.
En 1988, durante su estancia parisina, sus composiciones se inscribían dentro de las influencias del expresionismo abstracto. En ese momento, surgió en él la necesidad de búsqueda de sus raíces nativas y en plena Notre Dame, hizo su aparición la Difunta Correa. Así, su primera exposición individual resultó ser absolutamente figurativa. Dentro de esa etapa se constituyó en 1994, a instancias de Luis Felipe Noé, el grupo “El Mito Real”. El grupo quedó finalmente conformado por Víctor Quiroga y Enrique Collar. El objetivo principal era rescatar desde la plástica los mitos y la religiosidad popular, los dichos y sucedidos que conviven con la gente y forman parte del cotidiano.
En 1998 el grupo se disolvió habiendo fijado antes una posición respecto de la pintura argentina. Ésta fue concebida como una forma de entender el mundo, una forma de pensamiento, que recuperaba situaciones narrativas y objetos cotidianos, basados en mitos populares y que le otorgaban una dimensión sagrada a lo cotidiano, plasmando la imaginación y deseos genuinos de todo grupo humano.2 Gómez Centurión recuperaba entonces, una iconografía popular que se corporizaba en imágenes contundentes, expresivas y de fuertes contrastes lumínicos, que remitían a otro-espacio-tiempo. Aquí se podían observan las presencias tutelares de sus maestros, Alfredo Gramajo Gutiérrez, Ramón Gómez Cornet, Enrique Policastro, el Berni de Santiago del Estero. Esa pintura “a contrapelo” de la historia oficial, donde hombre y paisaje están amasados por la misma materia: la tierra originaria.
El deseo de cambio surgió nuevamente en Gómez Centurión, desapareciendo la necesidad del relato antes de pintar el cuadro. Es cuando el pintor abrió la perspectiva y emergió la cordillera. Ésta se le presentó como sostén de identidad de América del Sur. Con verdadero espíritu romántico, tal como la habían realizado los pintores viajeros de los siglos XVIII y XIX, emprendió entonces la expedición multidisciplinaria a la montaña. La experiencia se produjo entre los veranos de 2002 a 2004. El lugar elegido fue el Alto Valle del Río Colorado al pie del cerro Mercedario. La experiencia consistía en trabajar en el lugar, donde los procesos climáticos iban sometiendo a los materiales y dejaban su huella sobre el hacer artístico. Digo la cordillera, fue el resultado de la primera etapa de esta vasta experiencia y fue exhibida en el Centro Cultural Recoleta en 2004. Allí pudo observarse una pintura gestual, amplia y que tendía hacia composiciones más sintéticas. Significó además, un adentrarse en la montaña, en sus elementos primeros, en su fauna y flora características, en definitiva, en la propia identidad americana. El proyecto quedará concluido en 2012 cuando se releven las zonas norte y sur de la cordillera, desde Jujuy a Santa Cruz.
La exhibición que se presenta en el Museo “Eduardo Sívori” es parte del mismo recorrido, que se adentra cada vez más en el núcleo originario de la montaña. En Cordilleras, predomina la mancha, el libre juego de los materiales, la riqueza cromática.
El proceso se va haciendo cada vez más abstracto y la mancha vuelve a ser motivo central en la producción de Gómez Centurión. Ella siente y palpita. Su pintura se nos presenta como una reflexión que no atiende tanto al producto final, como al objetivo artístico. Un mirar hacia adentro, de la naturaleza y de la propia existencia ligada a ella. Y no fue acaso en la pintura de paisaje donde el viaje es entendido como el camino hacia uno mismo.

 

Notas

1. Rafael Argullol., La atracción del abismo. Un itinerario por el paisaje romántico, Barcelona, Editorial Bruguera, 1983, pp 9-10.
2. Carlos Gómez Centurión., “Tres proyectos escritos para un solo manifiesto pintado”, Buenos Aires, Galería Alberto Elía, 1994.